Por : Agustín Pérez Aldave*

Literato, cronista, periodista y editor de espectáculos del Diario Expreso de Lima-Perú. Estudioso, coleccionista de discos y gran conocedor de la música popular en general.

Este testimonio fue presentado por su autor en los coloquios del Festival Boleros de Oro de La Habana. Año 1999.

Huellas del bolero en el Perú.

Yo tengo que decirte la verdad... Vengo de un país andino supuestamente marcado por la nostalgia y la melancolía propias de los incas, según reza el cliché. Si le hacemos caso, encontraríamos en estos rasgos el mejor fundamento del fervor que el centenario ritmo convoca en el Perú. Pero no creo que el desmesurado cliché pueda sostener esta verdad y no vamos a perder tiempo en especulaciones. El término bolero ha rebasado su marco musical para ingresar en el lenguaje callejero como sinónimo de gravidez o de estar en la luna, con los sentidos extraviados. En esto último, algo de cierto hay. Más allá de la anécdota, lo que no nos explicamos es por qué los tratadistas e investigadores del bolero ignoran a nuestro país. Por eso hemos venido a dejar algunas señas en la mismísima cuna del bolero.

El primer contacto directo con el bolero lo tuvimos en la tercera década del siglo XX a través de una revista musical cubana que llegó a Lima y trajo entre sus integrantes a Eliseo Grenet. Desde entonces, y junto al son primero de Los Matamoros, en especial por Lágrimas Negras, el bolero se quedó en el Perú y marcó ritmos nativos como el vals, en su forma de cantar y de tocar. Por otro lado, algunos de nuestros más célebres escritores han dejado huellas indelebles del disfrute del bolero. Alfredo Bryce en cuentos como Yo Soy el Rey o ya sea declarando que él mismo es un bolerista frustrado o dando status de boleristas a poetas como Quevedo, el del célebre verso del polvo enamorado.

Mario Vargas Llosa no se queda y en La tía Julia y el Escribidor retrata la histeria que ídolos como Lucho Gatica desataban entre nuestras mujeres, en una dimensión que nada envidiaría hoy a Luis Miguel. No quiero olvidar que José Mujica, otrora galán y cantor mexicano, vivió en Lima como sacerdote hasta el final de sus días. Muchos fuimos testigos de sus bondades bolerísticas en la hermosa iglesia de San Francisco. Los curas tenían su corazoncito y no consideraban los boleros en el rubro de música mundana. Por suerte. Permítanme un paréntesis para recordar que la iglesia católica, a diferencia de lo que pasó con el bolero, sí se sintió ofendida por el endemoniado mambo y hasta amenazó con la excomunión a sus practicantes, como da cuenta Mario Vargas Llosa en Los Cachorros. Ya que hablamos de religión, toca referirme a La Sonora Matancera y su democrática influencia musical ya que ni el más encopetado o mísero barrio limeño quedó libre de sus bolerazos. Causó tanto fervor que, en 1957, cuando llegó a Lima, su cantante Celio Gonzáles, llamado "El Satanás de Cuba", fue sacado en hombros de La Plaza de toros de Acho. No sé por qué motivó el mal llamado retorno del bolero no tomó en cuenta el repertorio romántico de La Sonora Matancera. Prejuicios, quizá. O el cursi sentido de la poesía de los advenedizos husmeadores del bolero. Lo cierto es que el "bolero matancero" tiene características propias y un "inmenso mar", como cantaría Vicentico Valdés. Aborda asuntos sociales y se mete en todos los recovecos del amor.

En junio de 1958, nos visita Benny Moré y realiza innumerables actuaciones, acompañado de músicos peruanos y bajo la dirección del saxofonista panameño Armando Boza. Los cronistas de espectáculos advertían que el Benny estaba trabajando mucho, que se iba a matar cantando. Pero eran las gentes que se mataban con sus sones y boleros, como Dolor y Perdón. Amín Nasser no menciona en su libro esta visita al Perú. Muchas cosas hizo el Benny además de cantar. Uno de esos días limeños, lo llevan al Estadio Nacional para presenciar un partido de fútbol de Alianza Lima, el equipo de mayor fervor popular en mi país y que identifica a los negros desde 1901. Al final del encuentro, El Benny dijo: "lo que yo hago cantando, estos negritos lo hacen con la pelota".

¿Más huellas del bolero? Encantado de la vida. En los años cincuentas, grandes boleristas cubanos llevaron al romántico ritmo números peruanos. La desmesurada Celeste Mendoza grabó Con Locura de Luis Abelardo Núñez. Y con estilo cercano al Benny, Leo Castañeda lo hizo con El Plebeyo, que nuestro inmenso vate Felipe Pinglo Alva compuso muchísimo antes que Capó El Bardo. Poco después, Olga Guillot convierte en himno una composición de Pablo de los Andes: Sola. Y hay más piezas peruanas que renombrados boleristas hacen éxitos internacionales, como Osito de Felpa de Mario Cavagnaro y Ódiame de Rafael Otero López. Sin embargo, una de las versiones más logradas la canta Héctor Lavoe y la escribe Mario Cavagnaro: Emborráchame de Amor.

En mi país, coexisten dos formas de bolero que son opuestas. Una es la del estilo cantinero, y la otra está ligada al estilo clásico o más elaborado y tiene dos figuras de renombre internacional: La señora Rosa Palma Gutiérrez, más conocida como Fetiche, de tierna e impetuosa voz, triunfadora en varios países, como Argentina, donde es idolatrada, y de estilo emparentado con Toña La Negra y Olga Guillot. El otro personaje es una figura mayor del canto latinoamericano y se ha paseado con maestría por los más diversos estilos del bolero: Me refiero a Tania Libertad. Respetables exponentes son también el compositor Daniel "El kiri" Escobar que viene de La Nueva Canción, Antonio Martell, prolífico compositor y cantante que hace años impuso Como Dios Manda (ese himno a la segunda oportunidad que siempre debe esperar todo amante herido), Pepe Bárcenas, un respetuoso intérprete e investigador, y José "Chaqueta" Piaggio, tributario convicto y confeso de la vertiente afrocubana. Para el final he dejado a Bárbara Romero, que representa a mi país en El Festival Boleros de Oro. Ella se forjó en La Nueva Canción y el folclor. Su propuesta recorre las fibras clásicas del bolero y también las conecta con el pop y el jazz. Bárbara es una bolerista de garra. Durante tres años seguidos organizó el Encuentro de Bolero en el Centro Cultural de la Universidad Católica de Lima. Para finalizar con este primer lado, no quiero ser ingrato con los salseros de los setentas, o sea los de la generación dorada de Fania, y es que gracias a ellos, el bolero permaneció en el gusto de nuestras gentes, como un sentir de barrio.

El Bolero Cantinero: Emborráchame de Amor.

Ya era Lima, La horrible cuando el tono llorón de Rómulo Varillas consagraba valses como Víbora o Lucy Smith. Eran también los años en que a manera de un científico social, Mario Cavagnaro y sus canciones replaneras le tomaban el pulso al desborde de la ciudad: "Yo la quería patita, era la gila más buenamoza del callejón..." Entre el desarraigo y en pos de labrarse un espacio, los nuevos habitantes de Lima impregnaban sus huellas en todos los ambientes. A su vez, la música tropical, la radionovela, el cine mexicano y la prensa replanera configuraban el clima del barrio popular y era retratado en el entrañable volumen de cuentos Los Inocentes de Oswaldo Reynoso. En este contexto surge nuestro bolero cantinero, primer síntoma musical de una Lima mestiza, acholada e integrada a la tradición popular latinoamericana.

Como todos los países de América Latina, perdimos contacto musical con el acontecer actual de Cuba y empezamos a vivir de lo que había llegado hasta finales de los cincuentas. El bolero cantinero es un boom en los sesentas, cuando en Lima empezaban a imperar las vertientes tropicales más populacheras. Precisamente, como una asimilación de estas, surgirán los grupos locales de guaracha, como Pedro Miguel y sus Maracaibos, en los que el bolero cantinero encuentra afinidad acústica para su propagación. Y es que el gusto por este bolero irá de la mano del gusto por la guaracha peruana. Además de La Sonora Matancera, y de los desbordes melodramáticos de Daniel Santos ("vive como yo vivo si quieres ser bohemio, de barra en barra, de trago en trago..."), nuestro bolero tiene influencias de Los Panchos, Javier Solís, Panchito Riset, Alci Acosta (el de "Y el triunfo mío será verte llorar gota a gota"), y del entonces greñudo José Feliciano con su ceguera al descubierto cuando salía a cantar boleros viscerales acompañado de su lazarillo ("toma este puñal, ábreme las venas"). Pero es el ecuatoriano Julio Jaramillo el que mayor ascendencia tiene sobre los boleristas de este corte. Su estilo, entre pasillo y bolero, y su voz suave, son determinantes, como cuando canta: "licor, grato licor, eres el dios en mi dolor" o comete desvaríos: "en el negro azabache de tu blonda cabellera".

Nuestro bolero cantinero es austero y chirriante. En él, la violencia cotidiana se traduce en un lenguaje directo que tiene menos de poesía y más de crónica roja, de un discurso repetitivo, como un disco rayado en el éxtasis del sufrimiento amoroso. El acento característico de lo cantinero peruano está, sobre todo, en la manera de cantar, en el tono quejumbroso y llorón que, según el cantante Johnny Farfán, viene de nuestro huayno. En su instrumentación son fundamentales las guitarras, aunque a veces también hay órgano y trompetas. Lucho Barrios y Pedrito Otiniano son los monarcas de este Olimpo, exponentes iniciales del estilo cantinero, también conocido como cebollero. Marabú de Barrios y la versión de Cinco centavitos de Otiniano ("Quiero comprarle a la vida cinco centavitos de felicidad") se hacen imprescindibles en todas las rocolas.

El más grande bolerista que ha dado el Perú es, sin duda, Lucho Barrios, auténtico ídolo popular en todo el continente y cuya nacionalidad reclaman varios países. Barrios se inició como cantante de huaynos y luego pasó al vals de estilo norteño para debutar con éxito extraordinario en el bolero con el tema Marabú, convertido desde su salida en el clásico del género. Don Lucho tiene más de cuarenta años de trajín y ha actuado en grandes escenarios del mundo, como el Olympia de París. Después aparecerán otros boleristas, como Johnny Farfán "La voz elegante", Anamelba y su estilo plañidero y Ramón Avilés, que llega a cantar con La Sonora Matancera e impone Yolanda -que nada tiene que ver con la de Milanés- pues se trata de una huidiza.

Más adelante aparece otra hornada de boleristas, pero que trae exacerbado lo cantinero. Iván Cruz, Guiller, conocido como "El rey de las cantinas", y José Luis "El rebelde", son los más representativos. También salen Gaby Zevallos y Vicky Jiménez, quienes se encargan de saldar cuentas con el machismo cantinero: "No eres más que un perro, un zorro astuto y viejo, un loco pendenciero, un animal salvaje, jadeante y al acecho". Ambas son idolatradas por las amas de casa que sazonan la mañana con sus boleros cebolleros.

A esta generación pertenecen también Linda Lorenz, Los hermanos Castro y Mitchell, que se hace conocido por Marcado, muestra de hiperrealismo presidiario oscilante entre el bolero y la balada.

El bolero cantinero reina en los sectores emergentes y se instala también en barrios tradicionales. Su difusión se da a través de programas radiales de la amplitud modulada, y a de la caravana del Festival del bolero que, durante poco más de veinte años, recorrió los cines de barrio con muchos de los cantores que he nombrado. Es probable que la música de la mayoría de ellos no pueda encontrarse en una discotienda, pero sí, y a montones, en la infinidad de carretillas de grabaciones piratas que abundan en la ciudad.

Hay un nexo muy sólido entre estos boleristas y sus seguidores y la condición única e indestructible es mantenerse en su estilo, pues si intentaran refinarse serían acusados de traición y, por lo tanto, condenados al olvido.

Del repertorio cantinero clásico puedo citar María de Johnny Farfán, historia del hombre que quiere sacar a su amada de la prostitución. Menciono también Yolanda y Resignación de Ramón Avilés, Brindo y Ficha marcada de Iván Cruz, El rey de las cantinas y Salva a mi hijo de Guiller, quien le canta a la virgen María "tu también fuiste humana salva a mi hijo de la maldita marihuana".

Más de treinta años tiene este bolero peruano, de reyes de cantinas, de fieros lobos de bar, de anti poesía, reinando en el transporte público, en restoranes de mala muerte, en chinganas, en programas radiales que animan las guardias nocturnas de los vigilantes, en los burdeles, bodegas de barrio y trasnochadoras carpas de caldo de gallina.
Desde el despecho lumpen de Iván Cruz a la exposición extremadamente cursi y arrulladora de los melodramas de Johnny Farfán, tampoco ha estado ausente la crítica social entre líneas, la reflexión acerca del destino cruel y la dureza de la vida. Es el bolero de una ciudad cada vez más provinciana. Ya lo dijo Iván Cruz en su bolero Vagabundo: "Déjenme vivir mi vida, yo no soy malo con nadie".

Me despido con la frase terrible y extremista del maestro Lucho Barrios en su sediento bolero Marabú: "Si la vida es así para qué más vivir..."

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Mi exposición no es testimonio de un entendido sino de un feligrés del bolero, más propiamente de un bolerista frustrado que, a falta de buena voz, escogió la palabra escrita y cotidiana del periodismo. La he titulado Ya que no puedo decírtelo al oído y está dividida en dos partes, a manera de un disco de 45 rpm sonando en una rocola. Por eso mismo no será extensa y sonará, de seguro, con todas las impurezas y el scrach de estos viejos amigos de vinilo.
Quiero dedicar la exposición a mi padre y todos los otros padres que, por fortuna, un parroquiano del bolero tiene. Por la educación sentimental que nos dieron. También va para doña Wurlitzer, esa especie en extinción. YA QUE NO PUEDO DECIRTELO AL OIDO
Fuente: MAMBO-INN
Director General : Enrique Vigil Taboada
Agustín Pérez Aldave
aarsenioo@hotmail.com

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